VALLENATO TRADICIONAL
Lienzos, óleos y pinceles
Las primeras manifestaciones artísticas del ser humano datan de más de 40.000 años. Se trata de las pinturas rupestres grabadas sobre piedras, las cuales se encuentran en las famosas cuevas de Lascaux y Chauvet (Francia), y Altamira (España). Los dibujos allí grabados hacen referencia a la actividad humana en el exterior de las cuevas o cavernas. Tal vez, este era el único medio que tenían los humanos para comunicarse; es decir, era una forma de transmitir conocimiento a través de un sistema de representación artística. Desde la prehistoria hasta nuestros días, la pintura ha sido un medio para crear imágenes que dan cuenta de algún acontecimiento y de las emociones que los artistas experimentan en su alma, reflejando su cosmovisión circundante.
A través de tres colecciones representadas en una serie de obras pictóricas, EL MUVA reinterpreta la música vallenata tradicional mediante una vibrante narrativa visual llena de historias, mitos y leyendas. Allí, encontramos desde los juglares que le dieron vida a las más importantes escuelas de la composición vallenata, pasando por la exaltación y la crítica de hechos que han marcado el origen y la evolución del vallenato tradicional, hasta finalmente encontrarnos con una serie de canciones tradicionales llevadas al lienzo a través de mágicas pinceladas. De esta manera, EL MUVA crea un significado especial para los visitantes, con el fin de lograr un vínculo cognitivo y emocional entre cada pintura y las historias, mitos y leyendas que allí se representan.
Técnica: Óleo sobre lienzo. Estilo: Pop Art.
Tobías Enrique Pumarejo Gutiérrez (1906-1995). Es considerado el pionero del estilo romántico y costumbrista en la música vallenata. Impuso una prosa poética, combinando una refinada lírica con las narraciones sencillas de los primeros juglares en el canto vallenato.
Rafael Escalona Martínez (1927-2009). Las letras de sus canciones sedujeron a toda Colombia. A partir de Escalona, el vallenato se vistió de luces y alcanzó una autonomía cultural que jamás había tenido, ganándose un lugar propio en el ecosistema cultural del país.
Técnica: Óleo sobre lienzo. Estilo: Pop Art.
Leandro Díaz Duarte (1928-2013). ¿Cómo explicar, bajo la lógica y la razón, que una persona sin el sentido de la vista sea el precursor de la escuela descriptiva en la música vallenata? Esta escuela se caracteriza por los versos que definen y representan el aspecto o apariencia de algo o de alguien de manera objetiva, es decir, ajustándose a la realidad, a lo que se ve. ¿Es posible entonces que un ser humano vea con los “ojos bellos del alma”? ¿Es posible que el alma vea? Absolutamente, sí.
Este es el caso del más importante aedo en el mundo contemporáneo: Leandro Díaz. Él mismo se definía como un ser humano con una habilidad única para describir cosas o personas con tal objetividad que quedaban retratadas de forma precisa y hermosa.
Técnica: Óleo sobre lienzo. Estilo: Pop Art.
Gustavo Gutiérrez Cabello (1940). Entre los creadores del vallenato lírico, es quien más sobresale. Poeta de poetas, cuya característica no es solo su vibrante forma de describir el amor, de cómo ha amado y lo han amado, sino que también ha rendido culto a la amistad y al cariño de la gente. Como nadie, le ha cantado al recuerdo, a la nostalgia por el tiempo pasado, a lo que se fue y dejó huella. Es un nostálgico, un soñador que compone con el alma en las manos, desgarrada por el amor y el dolor. Su influencia, más allá de los elementos compositivos del entorno de la provincia, la marcó el gran poeta Jorge Robledo Ortiz; de allí su estilo romántico, filosófico y lírico.
La forma estrofónica en la composición de los primeros versos de la música de la provincia siempre existió. Desde los cantos de vaquería hasta las noticias cantadas, estos tenían métrica, es decir, contenían estructura y medida en cada una de sus estrofas. No había nada escrito, todo se transmitía de forma oral. Así nació el elemento identitario más relevante en esta mítica cultura. En los cantos primigenios de la provincia, en la región Caribe, predominaba la mezcla de varias culturas: española, indígena y negra.
Asimismo, los primeros cantos autóctonos ejecutados con el recién llegado acordeón, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, fueron aquellos que contenían las diferentes noticias que, en boca de los primeros juglares, recorrían los vastos territorios de la provincia. Eran heraldos humanos que, a lomo de burro o mula, llevaban las noticias cantadas a las diferentes comarcas sobre sucesos y crónicas. De hecho, por este medio se enteró Úrsula Iguarán de la muerte de su madre, cuando Francisco El Hombre llegó a Macondo y entonó las noticias del momento en la cantina de Catarino.
Ya en el siglo XX, el sentido de los cantos de la provincia cambió. Desde principios de siglo, y a lo largo de él, nacieron unos poetas cantores cuya cosmovisión del mundo circundante era distinta.
Si bien seguían cantándole a la cotidianidad, a la naturaleza, a lo que veían y sentían, el elemento que los diferenciaba de la anterior generación de juglares cantores era el sentimiento, es decir, lo que realmente sentían. Pareciera entonces que su corazón era mucho más fibroso. Ya no prevalecía solo el objetivo de comunicar noticias, sino de comunicar sentimientos: enamorar, ilusionar, conquistar el amor.
Entre los poetas cantores más importantes del siglo XX están: Tobías Enrique Pumarejo, Rafael Escalona, Leandro Díaz, Carlos Huertas, Gustavo Gutiérrez.
Esta segunda generación de juglares representa el siglo de las luces en el canto y los nuevos versos de la composición vallenata. Estos cultores de la lírica vallenata, quienes transmitían sentimientos, emociones y pensamientos a través de versos y prosa, son los escogidos para ser magistralmente representados en la técnica de óleo sobre lienzo y en un estilo Pop Art.
La pintura Pop Art representa la cultura popular y la vida cotidiana, tomando personajes o imágenes icónicas cuyos rostros son representados con un estilo visual muy llamativo y colorido. Así como Warhol, a través de la técnica de la serigrafía fotográfica, representó el rostro de grandes personajes de la cultura y la política, EL MUVA lo hace a través de la pintura, dándole vida a los más impresionantes poetas de nuestra música vallenata tradicional.
El objetivo de esta colección es rescatar el elemento identitario que constituye la matriz de nuestra música vallenata tradicional: la oralidad. Esta se define como el modo de comunicación verbal a través de los sonidos del aparato fonador human. El filólogo estadounidense Walter Ong distingue dos tipos de oralidad: la oralidad primaria, que corresponde a una lengua oral dentro de una sociedad sin escritura, y la oralidad secundaria, que define una lengua hablada dentro de una sociedad que posee escritura y no la necesita como soporte de la memoria colectiva, ya que ese papel lo desempeña la escritura.
La oralidad es el elemento objeto de protección más importante que tuvo en cuenta la UNESCO para declarar la música vallenata tradicional como patrimonio inmaterial de la humanidad, al considerar que esa forma de escuchar para contar, a través del diálogo intergeneracional, constituía la memoria histórica sobre las costumbres, los lugares y los personajes que integran un ecosistema cultural en peligro. Esto se debe a que fenómenos como el narcotráfico, el conflicto armado, así como un nuevo tipo de vallenato, no solo han marginado su capacidad de cohesión social, sino que también han generado una decadencia en sus composiciones, las cuales carecen de la espontaneidad en la inspiración de los compositores para narrar los hechos y sucesos de la provincia, así como de la lírica propia en las historias de amor.
Para contribuir a la preservación y conservación de la oralidad como elemento identitario de la música vallenata, el MUVA, a través de una serie de pinturas en óleo sobre lienzo y en estilo figurativo, plasma una colección de historias y sucesos que nos cuentan grandes episodios sobre el origen y la evolución de la música vallenata, así como aspectos cotidianos de juglares, lugares, objetos, y algunas consideraciones críticas sobre el estado actual de nuestra música vallenata.
Técnica: Óleo sobre lienzo. Estilo: Figurativo.
Esta obra es una derivación de la célebre y universalmente famosa pintura de Diego Velázquez, conocida como Las Meninas, y la hemos denominado “Juglares Cortesanos”. Los juglares fueron artistas medievales cuyo origen se ubica en el siglo XII en el sur de Francia. Inicialmente, se destacaron por interpretar con gran maestría las poesías trovadorescas escritas por los trovadores, cautivando a caballeros, príncipes y reyes, siendo además, el centro de atracción en los principales salones de la realeza. Así mismo, grandes artistas como el pintor del Siglo de Oro en España, Diego Velázquez (siglo XVII), también ocuparon este rol de cercanía con el poder, pues Velázquez se convirtió en el pintor de cabecera del rey Felipe IV.
Esta obra representa, lo que desde el medioevo con la aparición de los primeros juglares en Europa, hasta tiempos más recientes con nuestra juglaría, a los padres fundadores del vallenato tradicional cuyo origen se remonta en los siglos XIX y XX, siendo una de sus principales características la estrecha relación con el poder y los círculos burgueses. Leandro Díaz, uno de los más grandes juglares vallenatos, junto con Toño Salas su compañero de fórmula durante años, es un referente muy cercano de lo que han sido los “Juglares Cortesanos”. Desde los más altos círculos del poder político hasta los grandes “cacaos” del país, muchos han profesado gran admiración por este épico juglar.
Durante décadas, Leandro deleitó con sus magistrales interpretaciones a los titulares a las castas de las élites políticas y castas económicas. Qué mejor entonces que esta obra exuberante para recrear la importancia del “Homero del vallenato”, quien junto a Toño Salas, cobra vida en la célebre escena pintada por Velázquez, la cual representa el ambiente familiar en la corte de Felipe IV, donde su hija, la infanta Margarita, es el elemento central.
Técnica: Bronce fundido. Estilo: Figurativo.
Lugar de bohemia, tertulia política y centro de negocios. Así era el afamado Café La Bolsa, abierto desde 1955 hasta 1968.
Se convirtió en un sitio icónico donde se vivieron y contaron las más fascinantes historias de la ciudad. Ubicado en el centro de Valledupar, Café La Bolsa era un punto clave para la vida social y cultural de la ciudad. Su nombre hacía referencia a su cercanía con las zonas comerciales y el bullicio del centro, donde los comerciantes y empresarios solían encontrarse para hablar de negocios y realizar transacciones.
El Café La Bolsa era para los vallenatos lo que el Café El Automático representaba para los intelectuales cachacos, o el Café Procope para artistas e intelectuales en París. Su propietario, “El Colís” Botero, llegó a Valledupar en busca de oportunidades, y sí que las encontró. Allí no existía división de clases; por el contrario, todos se juntaban en una especie de masa humana que disfrutaba cada faceta del lugar. Con frecuencia, sentado en un rincón, el maestro Jaime Molina dibujaba las más célebres caricaturas de sátira política de la comarca. Y allí también sonaban las más tradicionales notas de la juglaría, con exponentes como Colacho, Luis Enrique, Chico Bolaño y Toño Salas.
Esta obra surrealista, denominada “Presagio”, muestra un gran tren amarillo sobre las nubes, con su humeante chimenea. Esta maravillosa pieza está inspirada en la permanente obsesión de Gabriel García Márquez por el tren. Según narra el historiador Javier Ortiz Cassiani, la primera entrevista que dio el Nobel García Márquez en Bogotá fue para la emisora HJCK, el 20 de septiembre de 1954.
Para entonces, apenas tenía dos cuentos publicados en El Espectador y una novela en proceso de creación, cuyo título sería La hojarasca. Desde entonces, el tema de los trenes aparecía frecuentemente en sus conversaciones. En dicha entrevista le preguntaron cuál era su presagio de moda, y sin titubear respondió: “El presagio del tren amarillo”, describiéndolo como “un tren que, tarde o temprano, ha de llevarnos al país de la buena suerte”. Así mismo, en la novela La hojarasca, publicada en 1955, Gabo hace numerosas referencias al tren. En una de ellas, señala que “sólo el pito de un tren amarillo y polvoriento que no se lleva a nadie, interrumpe el silencio cuatro veces al día”.
De igual manera, en la célebre entrevista temática que Gabo concedió a Plinio Apuleyo Mendoza, publicada en 1982 bajo el título El olor de la guayaba, que es una síntesis de ese mundo colorido, real e imaginario que compone su obra, Gabo vuelve a mostrar su marcada obsesión por el tren: “El tren, un tren que luego recordaría amarillo y polvoriento y envuelto en una humareda sofocante, llegaba todos los días al pueblo a las once de la mañana, luego de cruzar las vastas plantaciones de banano”. Y ni qué decir del tren como elemento vital en el Macondo de Cien años de soledad.
Técnica: Óleo sobre lienzo. Estilo: Figurativo.
Fue Consuelo Araújo quien, en su compendio de vallenatología, identificó algunos estilos de ejecución en el acordeón y los categorizó en escuelas. Sin embargo, parece que esta clasificación, además de describir los rasgos melódicos, respondía más a una división geográfica del territorio del Caribe colombiano, analizando el entorno en el cual se ejecutaba el acordeón.
Hoy en día, asociamos el concepto de “escuela” con un marco sonoro dentro del cual ciertos acordeoneros destacados ejecutaban sus rutinas, identificables con solo escucharlas. Es decir, aunque no los tuviéramos frente a nosotros, desde lejos sabíamos de quién eran esas notas. Eran notas y registros que otros acordeoneros imitaban para crear también sus propias rutinas, en una especie de filiación melódica. Actualmente, se echa de menos la aparición de acordeoneros creadores de un estilo o escuela propia. Tampoco es común que las nuevas generaciones se inclinen por los patrones melódicos de los maestros creadores de las escuelas de antaño: Colacho, Alejo, Luis Enrique y Miguel López.
Qué mejor, entonces, que inspirarnos en la obra Mascarada, del maestro René Magritte, para recrear en un contexto diferente la necesidad de que las nuevas generaciones de acordeoneros vuelvan a mirar hacia las escuelas de los grandes maestros, aquellos que se resistieron a ser uno más del montón y que buscaron crear conocimiento musical a través de sus notas.
Técnica: Óleo sobre lienzo. Estilo: Figurativo.
“El Olimpo de los Juglares” es el título de esta magistral obra, a través de la cual representamos la evolución de la música vallenata tradicional. En ella se plasma cómo la música vallenata tradicional, vilipendiada y rechazada en sus inicios, logró levantarse entre las ruinas de la antigua provincia de Valledupar en el Magdalena Grande, para convertirse en gestora, en una especie de “revolución en marcha”, de la transmutación hacia lo que hoy conocemos como el Departamento del Cesar.
Es una obra mitológica de subgénero histórico, cuyo marco en primer plano, junto con otros elementos compositivos, corresponde a la clásica arquitectura grecorromana en medio de la mítica plaza mayor de la antigua Valledupar. Recreamos aquí, de forma inverosímil, la transformación de hombres en reyes, que luego transitan como dioses hacia la posteridad.
En este antológico lugar, sonaron por primera vez en competencia y en búsqueda de la gloria, los primeros acordeones dentro de una sociedad que se ha debatido entre profundas creencias católicas y cristianas, contrastadas con su ambiente fiestero en medio de ríos del etílico Old Parr.
Técnica: Óleo sobre lienzo. Estilo: Figurativo.
“Disrupción” es una extraordinaria obra que representa una acción agresiva, salvaje y profana del vallenato moderno o nueva ola sobre lo que los ortodoxos y puristas del vallenato han llamado “las escuelas” más sobresalientes en la ejecución del acordeón.
En esta obra, el arte se convierte en un vehículo de crítica y reflexión para aquellos que, si bien no se oponen a la evolución de la música vallenata, apelan a una transición bajo cánones interpretativos y organológicos que preserven la esencia de escuelas como las de Alfredo, Emilianito, Luis Enrique y Colacho.
Técnica: Óleo sobre lienzo. Estilo: Figurativo.
El poder corruptor de la mafia ha permeado, sin excepción, todos los espacios de la sociedad: desde la política, la justicia, la iglesia y el deporte, hasta los reinados de belleza.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, se comenzó a hablar de los vínculos de dos de los cantantes de jazz y música pop más importantes de Estados Unidos con la mafia: Frank Sinatra y Tony Bennett. Ambos compartían la italianidad, eran símbolos identitarios de esa cultura y, por lo tanto, la afinidad con el mundo mafioso era parte del paisaje americano.
En nuestro país, con la aparición de la bonanza marimbera y cocalera a partir de los años 70, comenzó ese vínculo indisoluble entre los géneros musicales populares y la mafia.
El vallenato, por supuesto, no podría ser la excepción. Han sido décadas de convivencia entre la cultura mafiosa o “traqueta” y los músicos vallenatos. Han corrido ríos de tinta producto de composiciones dedicadas a narcotraficantes, así como miles de saludos a amigos y compadres traquetos. Es usual y rutinario que nuestros artistas amenicen las fiestas privadas de narcos a cambio de fuertes sumas de dinero.
Todo este fenómeno fue considerado por la UNESCO al declarar la música vallenata tradicional como patrimonio inmaterial de la humanidad, al señalar que la autenticidad de las letras se había perdido precisamente por fenómenos como el narcotráfico.
“Simbiosis” constituye una obra punzante y crítica, que representa esa estrecha convivencia entre personas de diferentes “especies”. Allí, de manera irónica, aparecen dos personajes icónicos de la cultura mafiosa, Vito Corleone y su hijo Michael, en medio de una típica parranda vallenata.
Técnica: Óleo sobre lienzo. Estilo: Figurativo
La presente obra representa una extraordinaria narrativa, producto del diálogo directo entre las míticas historias de nuestros juglares y la del maestro Fernando Botero. A través de esta, se logra representar al juglar trotamundo, tomando los elementos pictóricos que definen la obra universal del maestro, como el color, el volumen, la composición y el espacio.
Nuestras provincias, hacia los siglos XIX y XX, vivían alejadas del centro de la acción política, económica y cultural. Estaban en un estado de abandono gubernamental, sin vías suficientes ni medios de comunicación, lo que hacía que las noticias y sucesos tardaran días o meses en llegar. No había forma de establecer contacto fácilmente con regiones más desarrolladas; por lo tanto, la comunicación para acceder a noticias, sucesos y acontecimientos convertía a nuestros territorios en un “Macondo”, donde apenas llegaban una especie de “gitanos desarrapados” con algunos inventos y novedades del mundo exterior.
Es allí donde cobran vida nuestros juglares, que, muy a la usanza de los artistas ambulantes de la Edad Media, saltaban de pueblo en pueblo para entretener tocando el acordeón, cantando y contando historias y leyendas. Eran verdaderos heraldos humanos.
Uno de los referentes más importantes, sino el más importante, es el juglar conocido como Francisco el Hombre. Su reconocimiento universal quedó plasmado en la obra Cien años de soledad, donde García Márquez describe su importancia desde el arte de comunicar y la tradición oral, que desde entonces es la impronta de la música vallenata tradicional.
Las diferentes obras que forman parte de la colección denominada “Memorias y Narrativas del Vallenato Tradicional” del MUVA, se caracterizan por resaltar la oralidad como el más importante elemento identitario de nuestra música vernácula. De boca en boca, las historias se van enriqueciendo hasta alcanzar niveles mitológicos e inverosímiles, convirtiendo a hombres en dioses y la cotidianidad humana en verdaderos ecosistemas de pensamiento.
Esta extraordinaria obra, titulada “Autos: historia de juglares”, tiene como fondo una imagen psicodélica de patrones repetitivos, inspirada en la obra de la gran maestra Yayoi Kusama. En un primer plano, recrea la historia de aquellos vehículos que inspiraron a nuestros juglares.
El Chevrolito: Icónico vehículo marca Chevy, modelo 1946, propiedad de Fernando Daza “Tática”, al cual Rafael Escalona le compuso la célebre canción para ayudarlo a conquistar a una bella dama en el municipio de La Paz (Cesar).
María La Bandida: Si bien el maestro Escalona no le compuso una canción como tal a su más famosa y preciada camioneta Ford,modelo 1967, esta sí fue objeto de historias y anécdotas. En la parte delantera del “capó” le colocó el nombre “María La Bandida” en homenaje a la ranchera del mismo nombre, interpretada por José Alfredo Jiménez.
El 039: Alejandro Durán solo atinó a recordar los números de la placa del vehículo en el que se embarcó la “hembra” que, minutos antes, venía cortejando a lo largo del río San Jorge en la lancha “La Vivoral”. Allí, en ese “maldito carro”, aquel 039, se fue llorando la hermosa dama. No quedó registro alguno del modelo del carro o la marca, solo los números de la placa.
La Ford Modelo: Leandro Díaz, el gran “Homero” del vallenato, es un poeta que veía a través del alma y que, como ningún otro, acudía a los más comunes recursos retóricos para expresar su felicidad o sus penas. Ejemplo de ello es cuando, ante una traición amorosa, comparó a la dama que lo hirió con la camioneta Ford Modelo, aquel vehículo icónico que transportaba pasajeros en la región de Tocaimo. De forma sutil, le dijo que era una mujer fácil, pues todo el que quería “se embarcaba de gratis”.
La música vallenata tradicional tiene su origen en un proceso de fusión de diferentes manifestaciones culturales propias de la costa caribe colombiana: canciones de los vaqueros del Magdalena Grande, cantos de los esclavos africanos y ritmos de danzas tradicionales de los pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta.
En la presente colección, a través de mágicos trazos elaborados por una variada gama de artistas, el pincel y el óleo reescriben las historias, los mitos y las leyendas que nuestros juglares y cantores contemporáneos han plasmado en icónicas composiciones de la música vallenata tradicional, la cual ha merecido el galardón de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Estas obras pintan de colores una serie de reconocidas canciones de consagrados compositores, quienes, a través de una magistral capacidad de síntesis narrativa, plasmaron las más inverosímiles y mágicas epopeyas.
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